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Sobre gimnastas y comunismo

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nadiacomaneciEn pleno auge de lo kitch, el remake y del rescate de héroes olvidados, Lola Lafon escribió un libro sobre Nadia Comaneci “La petite communiste qui ne souriait jamais[1]”, que le valió el premio de la Closerie des Lilas 2014.

El libro es un homenaje al hada de los Cárpatos, una ficción, que como dice la autora, pretende dar voz a la silenciosa trayectoria deportiva de Nadia Comaneci entre los años 1969 y 1990.

Es imposible hablar de Nadia Comaneci sin mencionar a Bela Karolyi. Este húngaro nacionalizado rumano, descubrió a la <<minifuncionaria de la acrobacia>> en el año 1969, cuando, tras varios viajes a Bucarest logró finalmente obtener el permiso para crear su escuela experimental rumana, destinada a formar la elite de gimnastas socialistas y a humillar a las soviéticas.

Entre los años 1970 y 1976, Bela Karolyi se dedica a calibrar a la perfección a su mini-misil saltimbanqui. Para los Juegos olímpicos de Montreal ’76 su minúscula arma de destrucción masiva está más afilada que nunca. Nadia realiza sus rutinas: suelo, barra de equilibrio, barras asimétricas y caballo con arcos. Su cuerpo de duende se arquea en un saludo después de cada demostración. En los paneles de puntaje aparece un uno coma cero cero. Los jueces gritan su enojo ¡Es un diez! El ingeniero de Longines culpa al Comité olímpico “dijeron que en gimnasia nadie saca un diez.” Nadia Comaneci, catorce años y cuarenta kilos de excelencia, desafía a la máquina y derrota a sus contrincantes rusas: Olga y Ludmila.  Ese año, Nadia gana cinco medallas, tres de las cuales son de oro.

Luego del primer diez de la historia en gimnasia artística, el camarada Ceausescu y su mujer, la gran científica Elena, vehiculan a través de la figura de Nadia Comaneci el sistema socialista rumano, el éxito del régimen comunistas y la apoteosis de la selección. Nadia se convierte en un arma nacional.

Según explica la socióloga Mihaela Wood, la gimnasia artística se vuelve un deporte prioritario para el poder rumano, ya que las gimnastas comían poco, eran demasiado jóvenes para emitir opiniones políticas y debido a su poca edad, no pedían asilo político cuando iban a las competencias del oeste.

Dicen que el peor enemigo es el que llevamos a adentro. El de Nadia fueron las hormonas. En 1977 Nadia confiesa en un programa de televisión que tuvo su primera menstruación y luego pide perdón pero no poder controlar ese cuerpo que se deforma, acumula grasa y se parece cada vez más al de Olga y Lumida, las soviéticas que había derrotado el año anterior. El fin de la infancia cobra el sentido de la muerte y su cuerpo deja de ser un arma de estado para convertirse en una prisión.

Durante el “Nadia tour ‘81” a través de los Estados Unidos, Bela decide escapar al régimen de Ceausescu y pedir asilo político. La defección de su entrenador, refuerza la vigilancia de la Securitate y Nadia se vuelve una exiliada en su propio país.

Nadia participa al capricho de Ceausescu de postular al estado socialista de Rumania para el premio Nobel de la paz. En un discurso que Elena, la gran científica, pronunció en 1982 dijo estar a favor del desmantelamiento nuclear, la abolición del fascismo y que Rumania restablecería la paz en Medio Oriente.

Rumania no ganó.

En diciembre del año 1989, quince días antes del derrocamiento y ejecución de Ceausescu y su mujer, Nadia huye de Rumania, primero hacia Hungría y de ahí a Viena donde pide asilo en la embajada de Estados Unidos. El exilio de Nadia Comaneci, se transmitió, en la televisión estadounidense, en simultáneo con la Cumbre de Malta.

 Mi madre es una fervorosa creyente de la adversidad y sus poderes para canalizar el talento. Un día, desesperada por mi falta de fama y reconocimiento, me dijo “ay, hija, si hubieras nacido en una villa…” y no siguió la frase sino que suspiró. Hoy sonrío aliviada de que la historia de Nadia Comaneci vuelva a nacer en los tiempos agónicos del comunismo.

[1]La pequeña comunista que nunca sonreía

Por MIcaela Agostini

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